Las seis mujeres que perdieron la cabeza por Juan Carlos I

Sofía de Grecia, la sufridora profesional

Su mujer, su única esposa. Sofía de Grecia y Dinamarca conoció a don Juan Carlos en el verano de 1954 a bordo del yate Agamenón, un crucero que organizó su madre, la reina Federica de Grecia. La futura reina de España tenía 15 años, y Juan Carlos, 16. Los Reyes no congeniaron en aquella ocasión, ya que ella estaba enamorada del entonces príncipe Harald de Noruega y él mantenía una relación con María Gabriela de Saboya.

 

Tres años más tarde volvieron a encontrarse en la boda de uno de los hijos del Conde de París y poco después, en el enlace de un pariente lejano de don Juan Carlos, Antonio de Borbón Dos Sicilias. Allí fue donde surgió la chispa. El siguiente gran encuentro fue el 8 de junio de 1961, cuando asistió en York a la boda de los duques de Kent. Por entonces, la relación ya estaba consolidada. Desde ese momento se precipitaron los acontecimientos. La petición de mano se produjo el 13 de septiembre de 1961 en Lausana y la boda tuvo lugar en Atenas, el 14 de mayo de 1962.

 

A pesar de lo que se vendió en aquellas fechas, don Juan Carlos y doña Sofía siempre mantuvieron una relación de cariño mutuo y afecto real que perduró hasta la llegada de la democracia a España. Lo que ningún experto en Casa Real pone en duda es que Juan Carlos I sí sacó un buen partido de esta boda, pues se trataba de una princesa real. Podemos decir que es como la Catalina de Aragón de Enrique VIII para Juan Carlos I. Primogénita de una casa real reinante, hija de Pablo I de Grecia y la reina Federica, renunció a todos sus derechos al convertirse al catolicismo tras su boda.

 

Doña Sofía nació el 2 de noviembre de 1938 en el Palacio Real de Tatoi de Atenas. La Segunda Guerra Mundial la obligó a pasar sus primeros años de la infancia en Egipto, Sudáfrica y Londres, para regresar a Grecia en 1946. Allí su padre fue coronado rey un año más tarde, tras la muerte de su tío Jorge II. Vivió su juventud entre constantes fiestas y encuentros reales, gracias a lo cual se fraguó su relación con Juan Carlos I.

 

Durante los primeros años de casados, los reyes de España convivieron como lo haría cualquier matrimonio al uso, bajo el férreo control de la dictadura de Francisco Franco. Fueron los años más sobrios para el matrimonio real, pues el dictador, que tenía al príncipe sometido a un estricto control, no permitía ningún devaneo. Dicen los expertos consultados que si hubiera habido alguno, habría tenido lugar en algún viaje de don Juan Carlos fuera de España. Pero la reina ni la opinión pública conocieron por entonces ninguno. Según ha contado doña Sofía a sus más próximos, fueron los días más felices que ha vivido en su matrimonio, a pesar de las privaciones económicas y del control.

 

Tras la muerte de Franco en 1975 y la llegada de Adolfo Suárez, comienza el punto de inflexión en el matrimonio real. La libertad de acción que empezó a reinar en el pueblo español permitió a don Juan Carlos comenzar ciertos devaneos, recordando quizá el código moral de los Borbones.

 

La primera gran quiebra de la pareja se produjo en enero de 1976. Según se ha contado, la reina se desplazó con sus tres hijos a una finca en Toledo para dar una sorpresa a don Juan Carlos, que estaba cazando. Pero la sorpresa se la llevó ella. Doña Sofía, aparentemente enterada de esta sonada infidelidad, se marchó a la India llevándose con ella a sus tres hijos sin aparente permiso explícito del Gobierno.

 

Aquello dio lugar a una gran rumorología, y se cubrió bajo la pantalla de un viaje de la reina y de sus hijos a la ciudad de Madrás para visitar allí a su madre, la reina Federica de Grecia. Parece que aquella marcha de la reina se debió a una relación del rey con una folclórica, que podría haber sido Sara Montiel. Fue un punto y aparte. Su madre, su suegra y la abuela de su marido la convencieron para que volviese. “Los españoles son muy malos maridos, y los Borbones ni te cuento”, afirman que le dijo la reina Victoria Eugenia. Doña Sofía decidió regresar. Pero cada uno comenzó a hacer su vida, a dormir en dormitorios separados.

 

Desde ese día, han sido cuatro décadas en la que ha asumido su papel como reina. “La reina doña Sofía es una gran profesional”, ha dicho siempre don Juan Carlos sobre ella. Ante los escándalos y supuestas infidelidades del monarca, muchos han intentado buscar algún desliz de doña Sofía, pero no ha habido éxito. Se llegó a especular que tenía una casa en Londres, donde mantenía sus aventuras. Además, se la relacionó con un médico radicado en la capital británica, también con un empresario con gustos afines por el arte, así con uno de sus guardaespaldas. Pero nunca se demostró con pruebas. La reina se refugióen sus hijos y nietos.

 

Los últimos escándalos de la cacería de Botsuana y el caso Urdangarin, que alejó a su hija Cristina y a sus nietos fuera de España, han pesado como una losa y han derrumbado parte del muro de naipes que fue construyendo para protegerse. Todo ello provocó el fin del disimulo realizado durante décadas.

 

Del mismo modo, Catalina de Aragón pasó sus últimos días en soledad, apartada y lejos de la Corte. Sofía sin esa soledad estricta, y aun participando en algún acto institucional, se ha refugiado en su círculo familiar más cercano: su prima Tatiana, sus hermanos Constantino e Irene. Y también con sus nietos: Felipe Juan Froilán, Victoria Federica, Juan, Pablo, Miguel, Irene, Sofía y la futura reina de España, Leonor de Borbón y Ortiz .

Corinna zu Sayn-Wittgenstein, reina en la sombra

Enrique VIII tuvo como cuarta esposa a una princesa alemana, Ana de Cléveris. Don Juan Carlos tuvo a la princesa Corinna zu Sayn-Wittgenstein (53 años) como una “amiga entrañable”. La alemana (de soltera, Corinna Larsen) y él se conocieron en una cacería en Ciudad Real, en 2004. Ella, aunque aún no se había divorciado de su segundo marido (el príncipe Johann Casimir zu Sayn-Wittgenstein), hacía ya vida separada. Desde entonces mantendría una larga relación con el rey emérito no exenta de altibajos hasta hace poco. Don Juan Carlos la introdujo en los círculos de la buena sociedad madrileña, presentándola en cenas, acudiendo a monterías e incluso formando parte de la comitiva real en viajes de Estado.

 

Corinna ha sido una escaladora social toda su vida. Tras estudiar Relaciones Internacionales en Ginebra, se fue a trabajar a París con 21 años. Tres años después, contrajo matrimonio con Philips Adkins, padre de su primera hija (Anastasia) y persona que mantuvo una relación de confianza con Juan Carlos I hasta hace unos años. De hecho, estaba en la cacería de Botsuana junto al monarca y Corinna. En 2000, Corinna se convirtió en princesa consorte al contraer matrimonio con el príncipe zu Sayn-Wittgenstein, con el que tuvo un hijo, Alexander.

 

El acuerdo de divorcio permitió a la aristócrata utilizar de manera vitalicia el título de princesa y el apellido de la familia de su ex. El campo de acción de Zu Sayn-Wittgenstein siempre ha estado en el Golfo Pérsico y en los países de la extinta Unión Soviética. Hay que recordar que la princesa era una de las organizadoras de cacerías para estos magnates a través de la influyente armería británica Boss, de la que era directora general.

 

La relación fue como una montaña rusa. Al menos dos veces Corinna quiso romper con don Juan Carlos por no tolerar supuestamente las infidelidades del monarca. Tras ello, en 2009, Juan Carlos I vivió la época más intensa con la princesa alemana. Mantuvo contactos periódicos con ella hasta 2012, en un dúplex del complejo de lujo Domaine Rochegrise en los Alpes, que después vendió Corinna en 2013.

 

El dúplex era un lugar de mucha más privacidad que la casita del recinto real en el monte del Pardo habilitada para Corinna zu Sayn-Wittgenstein y su hijo. Esa casita, situada a menos de dos kilómetros del palacio de La Zarzuela, conoció una ingente actividad social: desde el director del CNI, Félix Sanz Roldán, hasta el exministro de Asuntos Exteriores, José Manuel García Margallo. El dúplex en Suiza, sin embargo, era su refugio más íntimo. Don Juan Carlos pasó allí casi una semana en febrero de 2012, coincidiendo con el décimo cumpleaños del hijo pequeño de Corinna. Fue entonces cuando se comprometió con el niño a llevarlo a su primera cacería en África, en Botsuana. Y así lo hizo en abril de 2012, cuando todo se torció. La madrugada del 14 de abril de 2012, un avión trasladó de Botsuana a España al rey: tenía la cadera rota y había que ingresarlo en el hospital San José de Madrid. Ese día estalló todo.

 

Corinna abandonó su residencia de El Pardo, pero no se fue muy lejos del rey, tan solo a 10 kilómetros de Zarzuela. Allí, al parecer, adquirió un chalé en una exclusiva zona residencial de Somosaguas, con 500 metros cuadrados distribuidos en dos plantas, y 2.915 de terreno destinado a zonas ajardinadas y aparcamiento. Pero los acontecimientos se desbordaron.

La opinión pública se abalanzó sobre el monarca, que tuvo que entonar el mea culpa. Nos relatan conocidos miembros de la nobleza que don Juan Carlos se “volvió loco y que no le importaba ya nada”. Tras décadas de intento de un aparente disimulo, conocido por muchos, el monarca quiso acabar de golpe con esa pantomima, divorciarse de doña Sofía y casarse con Corinna. Pero esto no se produjo por dos razones. Por un lado, la propia Corinna no quiso, según fuentes próximas a ella. Prefería ser “reina en la sombra” antes que exponerse directamente a la opinión pública. Por otro lado, fue determinante el papel de uno de los amigos más fieles del rey, el General del CNI Félix Sanz Roldán. El jefe de los servicios secretos españoles visitó a la princesa consorte en Londres en junio del 2012, en el hotel Connaugth, para pedirle que, por el bien de España, terminara con la relación con rey y se apartara definitivamente de él.

 

En estos últimos años, Corinna ha seguido con un papel estelar: más discreto pero influyente. Retornó a su base de operaciones en Mónaco, donde es una persona cercana al príncipe Alberto e, incluso, enseñó “buenas formas” a su mujer, Charlène de Mónaco. Su contacto con don Juan Carlos se ha reducido de forma importante en los últimos años, aunque su poder sigue indemne.

 

Enrique VIII compensó a su cuarta esposa, la princesa alemana Ana de Cléveris, con diversas propiedades a pesar de que solo reinó durante siete meses. Ana de Cleveris nunca dejó de acudir a la Corte y tener la gratitud del monarca. Enrique VIII decretó que se le diera preferencia por delante de todas las mujeres de Inglaterra, solo estaban por delante su esposa e hijas.

Marta Gayà: el gran amor

Como han desvelado las conversaciones grabadas por el CNI, Marta Gayà fue el gran amor del rey emérito, como lo fue Juana Seymour para Enrique VIII. Sin embargo, la relación de Juan Carlos I con Marta Gayà fue larga, mientras que la de Enrique VIII con Juana Seymour se truncó por la muerte prematura de la misma.

 

La mallorquina formaba parte del núcleo duro de amistades que rodeaban a don Juan Carlos en la isla. Durante años disfrutaron de una relación que era un secreto a voces. El rey, recién entrado en la cincuentena, empezó a perder la cabeza rápidamente por ella: pasaban muchos fines de semana juntos y otros períodos no vacacionales. Ese amor le llevó a descuidar las obligaciones familiares e, incluso, las oficiales. En un principio, sus encuentros eran protegidos con gran cautela, pero no duró mucho.

La reina Sofía fue una las primeras personas en enterarse. En una cena con unos 200 comensales, en honor al multimillonario Aga Khan, llegaron el rey, la reina y sus invitados ilustres. Sin embargo, todavía había una mesa vacía. Ya casi en los postres, se presentaron el escritor José Luis de Villalonga y Marta Gayà, así como el príncipe Tchokotua junto a su mujer, Marieta Salas. Y en lugar de enfadarse, el rey se levantó de la silla y fue a saludarles efusivamente, gesto que denigró a la reina. Fue una presentación relativamente pública de la relación de Juan Carlos I con Marta Gayà, pero también un golpe muy duro para la reina Sofía.

 

La relación sentimental fue más seria de lo habitual. Una relación que por entonces hizo temblar seriamente la estabilidad del matrimonio real. Marta llevó aquello muy discretamente a pesar de que era vóz pópuli. De hecho, siempre intentó no dañar a doña Sofía. Los encuentros tenían lugar preferentemente en Mallorca, en Gstaad (Suiza) o en París, donde ella se instalaba en casa de José Luis de Vilallonga a la espera de ser llamada por el rey. Pero para don Juan Carlos no había, de nuevo, mesura alguna. En un momento muy duro para la vida de Marta Gayà, el rey no dudó en dejar sus obligaciones como monarca y acudir junto a ella a Suiza, donde Marta se había recluido con un estado de gran ansiedad en la finca del príncipe georgiano Zourab Tchokotua, el gran confidente de don Juan Carlos durante esos años. El rey quería animar a la decoradora, que había sufrido un shock tras vivir in situ la muerte accidental del propietario de la compañía Spantax, Rudy Bay, y de su compañera, Marta Girod (amigos de ambos).

 

Todo ello provocó una pequeña crisis política, ya que el rey, que no tenía ningún viaje previsto en la agenda oficial, dejó incluso de sancionar algunas leyes publicadas en el BOE. El entonces jefe de la Casa del Rey, Sabino Fernández Campo, que siempre intentó aplacar las decisiones muchas veces impetuosas del monarca, recomendó a don Juan Carlos que volviera rápidamente a España.

 

Don Juan Carlos regresó el sábado 20 de junio por la mañana, despachó a Felipe González antes del mediodía y comió en privado con el presidente de Sudáfrica, Fredierik De Klerk, que estaba en Madrid de visita oficial. Por la noche ya estaba de nuevo en Suiza. Dejó plantada a doña Sofía, entre lloros, en la celebración familiar del último aniversario de don Juan Carlos, que cumplía 69 años, y que se celebró en el Club Financiero de la calle Génova de Madrid. La reina, al día siguiente, sustituyó al monarca en la apertura de la Cumbre Iberoamericana. La desaparición del rey desde el 15 al 23 de junio levantó por primera vez en España todo tipo de especulaciones sobre una supuesta relación extramatrimonial.

 

El escándalo continuó, primero con informaciones de medios extranjeros y después con publicaciones en medios españoles como El Mundo o Época. La confirmación pública de esta supuesta amistad provocó un terrible abatimiento en la reina Sofía, como ha ocurrido ahora los artículos sobre las grabaciones del CNI, en las que reconocía su gran y verdadero amor.

Los servicios secretos españoles acusaron al exbanquero Mario Conde de la filtración. También en el caso de Bárbara Rey estuvo, supuestamente, involucrado, aunque queda claro que el propio CESID (hoy CNI) hacía un seguimiento y grababa conversaciones sobre las relaciones de don Juan Carlos.

 

Además de doña Sofía, el chivo expiatorio de la relación con Marta Gayà fue Sabino Fernández Campo, que acabó siendo sustituido como jefe de la Casa Real por Fernando Almansa, acólito de Mario Conde. Después de ese verano tumultuoso, Marta Gayà dejó de aparecer en las primeras planas de la prensa. Ella vive actualmente a medio camino entre su piso madrileño, su apartamento en Palma y sus viajes por América y las Islas Griegas. Le gusta mucho el mar, como a don Juan Carlos, con el que nunca ha perdido la amistad. Amistad que sí perdió Enrique VIII con la muerte prematura de Juana Seymour, a quien siempre llevó en el recuerdo hasta en el día de su muerte. Fue enterrado junto a un estandarte con el nombre de su verdadero amor.

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